MIS CRÓNICAS DEL MCU (I): IRON MAN (Jon Favreau, 2008)

MIS CRÓNICAS DEL MCU (I): IRON MAN (Jon Favreau, 2008)

Hoy traigo a La Estantería de FJ la primera película del UCM (Marvel Cinematic Universe), cumpliendo con la promesa que os hice en su día de analizar este universo desde el principio.

Antes de entrar en faena, conviene recordar por qué me he embarcado en este viaje. Como os contaba en mi anterior post (UCM: Necesito volver a donde empezó todo), siento que el género de superhéroes ha entrado en un bucle de agotamiento donde se ha priorizado el espectáculo sobre la esencia. Por eso, he decidido volver a las raíces para intentar localizar el punto exacto donde se perdió el rumbo.

Mi historia con Iron Man es, cuanto menos, curiosa. No estuve ahí en el estreno de 2008; de hecho, llegué a ella por «obligación» en 2012, buscando contexto para entender Los Vengadores. En aquel momento, la vi como un simple trámite. Hoy, catorce años después de aquel primer visionado y con la perspectiva que da el 2026, me doy cuenta de muchísimos detalles que ya se dejaban caer por aquel entonces, de que no era un simple trámite, no era una película más, era por decirlo de alguna manera un “manual de instrucciones” de todo un universo que luego se fue yendo (equivocadamente o no) hacia una espectacularidad vacía. Además, quiero mencionar que este re-visionado he querido realizarlo en versión original. Sin desmerecer en absoluto el excelente doblaje que tenemos en nuestro país (que es como yo solía verla), redescubrir las voces reales de los actores me ha permitido captar matices y texturas interpretativas que antes me pasaban desapercibidos.

Regresar a la película de Jon Favreau desde la perspectiva de 2026 no es solo un ejercicio de nostalgia, es una colisión frontal contra el cine de superhéroes actual. Mientras que las fases más recientes del MCU parecen flotar en un limbo digital de multiversos y amenazas abstractas, Iron Man se siente anclada al suelo por el peso del hierro, la grasa y el fracaso humano. Es, por encima de todo, la historia de un hombre que tuvo que fabricarse un alma antes de poder vestir una armadura.

El inicio de la película, que nos cuenta el bloque en Afganistán, sigue siendo posiblemente la mejor parte de la película y me atrevería de decir que uno de los mejores momentos de todo el universo Marvel. Es un relato de origen de personaje en su estado más puro: el genio despojado de su privilegio. Lo que hace que este segmento sea brillante no es la acción, sino la artesanía. Ver a Tony Stark martillear metal en la penumbra no es solo cine de acción, es la representación física de su redención.

Aquí entra en juego Yinsen, un personaje que, pese a su breve aparición, proyecta una sombra que llega hasta EndgameYinsen no solo salva la vida de Tony, le otorga una brújula moral con esa frase lapidaria: “No desperdicies tu vida”. Es el primer sacrificio real del MCU, uno que no busca salvar el cosmos, sino rescatar la humanidad de un solo hombre, que hace que el héroe suelde sus propios errores.

Uno de los puntos más fascinantes de este re-visionado es notar cuánto hemos perdido con la llegada de la nanotecnología en MCU. En 2008, la armadura era un personaje físico. Tenía inercia, chirriaba, se congelaba y, sobre todo se rompía de forma mecánica.

Ese proceso de “ensayo y error” en el taller de Tony Stark es vital para la conexión emocional con el espectador. Ver a Tony estamparse contra el techo o lidiar con el fallo de los propulsores, humaniza la tecnología. Hoy, los trajes parecen aparecer por arte de magia sobre la piel de los actores, en Iron Man, sientes que, si a Tony se le engancha un engranaje, pierde un dedo. Esa vulnerabilidad mecánica es la que inyecta tensión en cada escena de vuelo. El realismo no estaba en el fotorrealismo del CGI, sino en que las leyes de la física (gravedad, hielo, inercia) eran el verdadero enemigo a batir.

A menudo se ha criticado a los villanos de Marvel, ya sea por falta de carisma o de presencia, o por el factor que sea, pero Obadiah Stane (un inmenso Jeff Bridges), a pesar de poder ser un enemigo cliché, ha mejorado con este re-visionado y creo que ha envejecido como el mejor de los vinos. Frente a los villanos cósmicos de planes inabarcables, Stane es una amenaza terrena y corporativa.

Es el “tío Obie”, la figura que permitió a Tony vivir en su burbuja de Playboy mientras él manejaba los hilos de la industria. Su traición no nace de un deseo de caos, si no de una ambición empresarial puramente humana: el resentimiento del gestor frente al genio heredero. La escena en la que le arranca el reactor del pecho a un Tony paralizado es puro suspense, una agresión personal que duele más que cualquier explosión planetaria. Es el mal vestido de seda, el enemigo que te lleva una hamburguesa antes de intentar borrarte del mapa.

La película se toma su tiempo para que el entorno de Tony respire. Pepper Potts, interpretada por una Gwyneth Paltrow bastante coherente con el camino que se busca tanto de ella como con Tony, no es un interés romántico pasivo; es la inteligencia operativa que mantiene a Stark a flote. Su relación se percibe auténtica porque se basa en el estrés compartido y en una lealtad que no necesita grandes discursos para ser palpable. Por otro lado, la presencia de Rhodey (aquí con Terrence Howard) y el debut discreto de Phil Coulson nos recuerdan que el MCU nació de forma orgánica, sin la urgencia de conectar veinte hilos argumentales a la vez.

Incluso la banda sonora de Ramin Djawadi, sin ser una gran maravilla, no busca la fanfarria heroica que luego heredaría el Capi o los vengadores, no veo esa melodía temática, sino que busca el sonido de la potencia industrial. Sus guitarras eléctricas y ritmos pesados son el eco de un motor de combustión, de una armadura que rompe, de como he dicho antes algo tangible. Aunque la partitura depende en exceso de la acción, funciona con solvencia en los momentos de tensión. No creo que esté hecha para la película, o por lo menos así es como yo la percibo, más bien está hecha para acompañar al héroe.

Revisitar Iron Man en 2026 me ha hecho ver que es una película que “respira”, que se detiene en los detalles de una soldadura y que permite que su protagonista sea un tipo detestable antes de ser un héroe admirable.

Si el cine de superhéroes actual se siente agotado, quizás es porque ha olvidado que, antes de volar entre las estrellas, hay que aprender a levantarse después de estamparse contra el suelo de un garaje.

¿Sois del equipo «realismo sucio» o preferís la espectacularidad de la nanotecnología actual?
¿Creéis que Obadiah Stane es un villano infravalorado dentro de la franquicia?

PRÓXIMA PARADA: El increíble Hulk (Louis Leterrier, 2008)

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