Redescubriendo TOMATES VERDES FRITOS.

Redescubriendo TOMATES VERDES FRITOS.

Hace unos días volví a ver Tomates verdes fritos (Jon Avnet, 1991) después de muchos años. Recordaba que me había gustado, que me había dejado esa sensación clara de haber visto una gran película, pero en el camino de los años fui borrando ciertos matices, y entre ellos algunos realmente significativos para entender su verdadero valor. Era una de esas películas que dejan una sensación cálida, aunque el paso del tiempo difumine los detalles. Al verla de nuevo, me he encontrado con una historia mucho más profunda, más humana y más valiente de lo que guardaba en la memoria.

Lo primero que me ha sorprendido es cómo la película habla de los vínculos humanos, del modo en que una persona puede convertirse en refugio para otra. No es una historia de grandes gestos, sino de pequeños actos de amor, de apoyo, de valor silencioso. Hay personajes que sostienen a los demás sin necesidad de salvarlos, que simplemente están ahí, recordando con su ejemplo que cuidar no es imponer, sino acompañar.

También me ha llamado la atención esta vez la presencia constante de la religión y la comunidad. No lo recordaba tan marcado, pero al revisitarla comprendí que en el contexto del sur de Estados Unidos —la historia transcurre en Alabama— esa presencia era inevitable. La iglesia no es solo un espacio de fe, sino también un lugar de encuentro y de normas. Lo bonito es ver cómo, dentro de ese marco, algunos personajes logran mantener una fe diferente: la fe en las personas, en la bondad y en la libertad.

Hay momentos difíciles de ver, sobre todo los que reflejan el machismo cotidiano y la falta de empatía que sufren algunas mujeres. En mi caso, me costó ver ciertas actitudes que evocan una forma de entender el mundo que me resulta dolorosa. Aquellos tiempos en los que el silencio era lo normal, y además se muestra en las dos líneas temporales —aunque de maneras distintas y con una diferencia notable de décadas—, en los que tantas mujeres se sentían invisibles. Ver eso hoy me provoca rechazo, sí, pero también reflexión. Porque, aunque la sociedad ha cambiado, esa herida sigue recordándonos de dónde venimos.

La película también se atreve a mostrar la injusticia racial y el miedo que impregnaba cada gesto en aquella época. A veces incluso lo hace desde lo cotidiano: una conversación, una mirada, un gesto de apoyo que podía costar caro. Y ahí es donde la película se hace verdaderamente grande, porque muestra que la empatía es un acto de valentía, especialmente cuando el entorno no la permite. Por esos mismos motivos cobra sentido la presencia de la iglesia a lo largo de la historia. Más allá de lo religioso —que en realidad acaba siendo lo menos importante—, ese entorno sirve como espejo de la comunidad, como un punto de unión y también de conflicto. Es allí donde se cruzan las diferencias, pero también donde se forjan los lazos que permiten resistir y seguir adelante.

Y luego está la música de Thomas Newman, sutil y profundamente emocional. No busca protagonismo, pero está ahí, sosteniendo cada escena con una delicadeza casi invisible. Algunos temas son especialmente palpables; se sienten en el pecho, acompañando la historia como una brisa melancólica que nos lleva de un recuerdo a otro. Es una banda sonora que no solo adorna, sino que ayuda a contar lo que las palabras callan.

Al final, Tomates verdes fritos es una historia sobre cómo las vidas se entrelazan. Sobre cómo los actos de una persona pueden influir, incluso sin saberlo, en la transformación de otra. Es también un homenaje a la memoria, a los legados invisibles que se transmiten de generación en generación. Y quizá por eso emociona tanto: porque detrás de su ternura hay una fuerza enorme, una invitación a ser valientes, a cuidar y a no olvidar.

Volver a verla ha sido como reencontrarme con alguien a quien no sabía que echaba de menos. Me ha recordado que, a veces, las películas más sencillas son las que más nos acompañan. Que hay historias que no envejecen, porque siguen enseñándonos lo esencial: cómo ser humanos, cómo cuidar y cómo dejar una huella sin hacer ruido.

Mi puntuación:

Puntuación: 8 de 10.

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